
Una etapa que deja huella
Entre los 7 y los 18 años ocurren cambios enormes: el ingreso y avance en el colegio, las primeras amistades profundas, la pubertad, la construcción de la identidad y una creciente autonomía respecto de la familia. Es una etapa llena de posibilidades, pero también de exigencias que no siempre se pueden enfrentar en solitario.
La Organización Mundial de la Salud señala que la mitad de los problemas de salud mental comienzan antes de los 14 años, y que la mayoría de ellos no se detecta ni se trata a tiempo. UNICEF, en su informe sobre el estado mundial de la infancia, estima que más de uno de cada siete adolescentes de entre 10 y 19 años vive con un trastorno de salud mental diagnosticado. Estas cifras no buscan alarmar, sino recordar algo importante: consultar a tiempo puede cambiar el curso de un malestar antes de que se instale.
La terapia no es solo para "cuando algo está muy mal"
Muchas familias dudan en consultar porque sienten que el problema "no es tan grave" o que "ya se le va a pasar". A veces es así. Pero la terapia también es un espacio de prevención y de crecimiento: un lugar donde un niño o adolescente puede entender lo que siente, aprender a regular sus emociones, fortalecer su autoestima y encontrar nuevas formas de relacionarse con los demás.
Algunas señales que vale la pena atender son los cambios persistentes en el ánimo, el sueño o el apetito; el aislamiento; la irritabilidad o la rabia frecuentes; las dificultades escolares que aparecen de pronto; los miedos que limitan la vida diaria, o los momentos de cambio familiar, como separaciones, duelos o mudanzas.
La mirada sistémica: nadie crece solo
Un niño o un adolescente no vive aislado: forma parte de una familia, un curso, un grupo de amigos y una comunidad. Desde la mirada sistémica, lo que le pasa a uno se comprende dentro de ese contexto, y los cambios en el entorno también pueden ayudarle a estar mejor.
Por eso, en este enfoque la familia no queda fuera de la terapia. Se incluyen entrevistas con madres, padres o cuidadores, espacios de retroalimentación y, cuando la familia lo autoriza, coordinación con el colegio. Revisiones de la evidencia internacional, como la del psicólogo clínico Alan Carr publicada en el Journal of Family Therapy (2019), respaldan la eficacia de las intervenciones familiares y sistémicas en problemas de la infancia y la adolescencia como la ansiedad, la depresión y las dificultades de conducta.
Terapia de juego: el lenguaje natural de la infancia
Para muchos niños, explicar con palabras lo que les ocurre es difícil. El juego, en cambio, es su forma natural de expresarse. En terapia, los juguetes y las historias que surgen al jugar permiten mostrar miedos, deseos y conflictos, y ensayar nuevas maneras de enfrentarlos en un espacio seguro.
La terapia de juego cuenta con un respaldo creciente. Un metaanálisis de Lin y Bratton (2015), que reunió 52 estudios controlados, encontró efectos positivos de la terapia de juego centrada en el niño, especialmente cuando los padres participan del proceso. Más que entretenimiento, el juego es una herramienta terapéutica con sentido y estructura.
Arteterapia: expresar lo que aún no tiene palabras
Dibujar, pintar o modelar abre otra vía de comunicación, muy valiosa también en la adolescencia, cuando hablar de uno mismo puede generar vergüenza o resistencia. A través de la imagen, es posible explorar emociones, la identidad y las experiencias difíciles sin exigir una explicación inmediata.
En 2019, la Organización Mundial de la Salud publicó una revisión de más de 900 publicaciones sobre el papel de las artes en la salud, y concluyó que pueden contribuir a la prevención y al tratamiento de problemas de salud mental a lo largo de la vida, incluida la infancia. Las revisiones sistemáticas más recientes sobre arteterapia con niños y adolescentes muestran resultados prometedores en ansiedad, autoestima y regulación emocional, aunque los propios investigadores llaman a seguir ampliando los estudios. Por eso la arteterapia se integra como parte de un proceso terapéutico, no como un sustituto de él.
Un espacio a la medida de cada niño
No hay dos niños ni dos adolescentes iguales. En mi trabajo combino la conversación, el juego y el arte según la edad, los intereses y la forma de expresarse de cada paciente, siempre con una mirada sistémica que incluye a la familia. Atiendo a niñas, niños y adolescentes de 7 a 18 años, incluidos niños neurodivergentes (TDAH, TEA y otras condiciones), de manera presencial en Viña del Mar u online.
Llevar a un hijo a terapia no es reconocer un fracaso: es ofrecerle un espacio propio para comprenderse, crecer con más seguridad y sentirse acompañado en el camino.
Autora: Antonia Cabrera

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